Le vene aperte di Ucayali - Amazzonia peruviana
Por: Daniel Valencia
6 de Julio de 2008
En Ucayali los ríos pueden llevar consigo, hacia las entrañas de la selva, tanto la vida como la muerte. A sus riveras la vida se multiplica, enorme, como la longitud de aquellos brazos. Pero por esas mismas ramificaciones ingresan los peores vicios de la modernidad devorando golosamente lo que encuentran a su paso.
Pucallpa, donde la vida urbana penetra, sirve de puerto para aventuras, viajes, trabajo o simple escala de negocios para los comerciantes fluviales. Lanchas, botes, y colectivos a peque-peque o motor fuera de borda alborotan los paraderos del río Ucayali. Unos recogen pasajeros, otros rellenan combustible en grifos flotantes, mientras que al embarcar y desembarcar las naves parecen armar una danza interminable a ritmo de Juaneco y su combo
En estas venas de la selva uno siente pálpito de otro universo. A los poblados ribereños, caseríos, comunidades nativas, se unen viejas guarniciones militares, garitas de control de los recursos naturales, campamentos de minería artesanal o a gran escala y demás etcéteras. Lo más usual es ver como, atadas por gruesas sogas, viejos cedros o caobas, de los que solo quedan ya sus resistentes troncos, viajan río abajo llevados por la corriente o por pequeños peque-peques.
Estos troncos provienen muchas veces de los campamentos madereros ilegales. Tres o cuatro cabañas se esconden tras la tupida vegetación. Furtivos de la zona las usan de centro para abastecer a los apoderados, grandes madereros, que los subcontratan para acceder a la madera a un precio más bajo. No son habitados por las mismas personas todo el año. Son más bien refugios. En época de creciente los taladores se agitan con la actividad, ya que urge aprovechar al máximo que el río esté alto para sacar la mayor cantidad de madera. Cuando el rio decrece, los refugios parecen solo chozas con ecos fantasmas. Restos de comida o pequeñas palmas de plátano sembradas cerca, algún machete y el esqueleto de un pez hecho nido de hormigas te indica que hubo actividad hace poco. Pero eso sólo es río adentro. Otros refugios en medio del bosque se levantan para cumplir, con más ahínco, la misma actividad; finalmente, quedan desmontados quedando en pie sólo algún techo. Latas de conserva abandonadas junto a los molinos que sirvieron para acarrear la madera a la orilla, quedan como vestigios de la faena.
Donde ya hay carreteras la labor es constante. Demora quince minutos el quitarle 80 años de vida a un árbol con una buena motosierra. Los campamentos se apuestan a lo largo de la mayoría de ramales del Ucayali de los cuales el Aguaytía y el Tamaya son de larga tradición maderera. Al Aguaytía llega la carretera. La extracción forestal con los años ha cambiado el paisaje que desde el aire aparece como una turba de árboles huyendo de que los alcance la desolación o quizá semeje a un bosque acurrucándose para no perder el calor entre los mismos árboles.
En uno de estos últimos lares con cobertura vegetal, agitado por la emoción de la llegada de visitantes, una comunidad de la etnia Kocama, reacios a desaparecer como proyecto de campo baldío, nos recibiría en su pequeño fortín natural. Camino hacia el Area Natural Protegida de Cordillera Azul, la camioneta llega solo hasta las riberas del río Aguaytía. Luego de vadearlo, completar el camino es compromiso de buenas botas y entusiasmo frente al vaho de la selva. Las riberas de este pájaro de mal agüero, como se le conoce también al río Aguaytía, son famosas en la región por sus cultivos de papayas, plátanos y sus plantaciones de coca. Para algunos de los que apuestan por la conservación de los recursos naturales cercanos a la zona de amortiguamiento de la ANP de Cordillera Azul este lugar es considerado como caso perdido.
El caserío de San Juan de Tahuapoa es uno de los centros poblados cercanos a la ribera del Aguaytía. Contiguo a este poblado se ha conformado una nueva comunidad Kocama Unida Ecológica. Lejos del Nauta, donde se concentra la mayor población de los Kocamas, han venido hasta aquí para que se les conceda un lugar donde asentarse. El área aledaña a la comunidad está en proyecto de ser una zona de reserva comunal. Rodeada de tala ilegal y cercana a la propuesta de reserva territorial de un grupo de indígenas en aislamiento voluntario Cashibo-Cacataibo, la comunidad trata de reconfigurar su propio paisaje.
Cuando me alejo de las orillas del Aguaytía hacia la comunidad nativa, atravieso unas 6 horas observando solo tocones de árboles, ensordecido por el estruendo de las motosierras y con un camino tatuado por el continuo arrastre a tractor de la madera. Ya selva adentro dejo atrás los puertos donde trozas de madera moto serradas esperan su embarque. Camino a la zona de la comunidad Kocama se respira el fétido aliento a bosque quemado. Uno erguido, otro amontonado, hediendo sopor de muerte, los árboles se han hecho esculturas de ceniza…, cadáveres de ceniza. Sin la cobertura vegetal, caminar este sendero supera toda crueldad. Es dantesco.
A salvo, en la comunidad bajo el manto tropical, el abanico del aire fresco y la excesiva vegetación que rodea deja respirar nuevamente, revive. Lo primero que provoca es un paseo dentro del bosque protegido. Un árbol de raíces grandes y tronco amplio exhibe sin molestia grandes tajos sobre su corteza.
- ¡Es el Ajosquiro!-nos comenta Don Carlos.
Poderoso árbol ritual aliado de los ayahuasqueros y yerberos, temido por los espiritistas y oracionistas. El Ajosquiro expide un fuerte olor a ajos al cortarse la corteza. Usado para la protección contra la maldad y macerado en aguardiente como remedio contra el frío, es una de las especies más apreciadas por los naturales. A mi me pareció un guardián eterno lleno de heridas de guerra. Cerca de ahí la Ayauma de tronco delgado pero de gran altura tiene frutos como cocos llenos de jugo y con flores olorosas. Sin caer en la cuenta, de pronto, toda esta magia se había apoderado de mí y estaba en medio de un baño del fruto, flores y olores de la Ayauma. Don Carlos me iba diciendo que con esto mi destino “florecerá” y me anima a realizar un pacto con un árbol del bosque donde habita la Ayahuma… al rociarme con el elixir hacia los puntos cardinales y ver las plantas caer sobre los rayos ya colados entre las hojas de los árboles como flechas de luz entre un manto verde, en el claro del bosque la armonía infinita de un concierto de hojas secas y ramas que aplauden al caer, me vuelven un converso.
El conocimiento de las plantas y la necesidad de conservación de especies no sólo destinadas a extracción forestal se convierten en la motivación de la comunidad para solicitar esta área de reserva comunal para salvaguardar su bosque. Aunque siempre quede la duda del para qué se asocia el dirigente y la idea del negociado vuele en el ambiente, debe haber una oportunidad para poder seguir disfrutando de todo lo que la selva nos ofrece.
Conforme uno se aleja más de Pucallpa por río o por avión uno no puede imaginar como el azar se convierte en la mano del titiritero que sujeta el hilo de los viajes. El cerco de la Tala y la ausencia de servicios hacen de esta zona el infierno de nuestra frontera “la horrible”. El flete de abastecimiento de productos de primera necesidad hace que un agua embotellada de medio litro cueste 6 soles, un menú 10 y la vida económica prácticamente insostenible sin la extracción de madera como cedro y caoba (hoy en veda). Todo esto hace poco prometedor el futuro de los habitantes de un lugar con escasa posibilidad de agro o sembríos y con una salud quebrantada por las ITS, que en el caso de mujeres con vida sexual activa rebasa el 60 por ciento. La municipalidad del Purús que se dedica a la asistencia social no dispone de dinero para las obras o apoyo al desarrollo económico. Cerca de la reserva comunal Purús la situación parece ser difícil o condenada por el contexto y con poca capacidad de protección. A veces las urgencias de salud son suplidas por actos heroicos de los puestos de frontera de Brasil.
La ribera del río Tamaya no es diferente a los demás asentamientos ribereños y en algún momento tuvo un bosque frondoso. El motor fuera de borda solo me lleva hasta el caserío de Noaya que es el más grande hasta la frontera con el Brasil. Cuando el Tamaya está bajo, las palizadas sumergidas son los peores enemigos del motorista. Al poner el peque-peque por falta de profundidad para que pueda avanzar el fuera de borda, la lentitud del viaje te distrae contemplando las orillas formadas de pequeños acantilados de greda. Surco con dirección a la boca del Guacamayo, cerca a la boca del Shatanya, pasando la antigua Guarnición de Putaya con escala en comunidad de Alto Tamaya (Saweto-Guacamayo-para los lugareños). La radio es la única forma de comunicarse entre las comunidades Ashéninkas agrupadas en ACONAMAT (Asociación de comunidades nativas Ashéninkas del Masisea y Tamaya). Camino a Alto Tamaya hay varias comunidades Ashéninkas esperando su titulación como la comunidad de Kametsari Kipatsi que nos acoge para pernoctar. Disfrutamos del rico masato, una cena llena de peces y Kaniri (yuca) mientras reímos con los miembros de la comunidad.
El largo viaje de 5 días nos lleva hacia el Alto Tamaya durmiendo en playas y soportando a la “mantablanca”, un bicho que trasmite la bartonelosis, en una balsa llena de equipajes y abastecimientos, junto al presidente de Aconamat, Edwin Chota. En la proa, Edwin mira atentamente el fondo del río casi adivinando por la ondulación de la superficie donde puede haber un palo. Cuando toma el timón del peque-peque su mirada parece haber avanzado 3 vueltas más de río que la que nos aparece próxima. Por la noche, con su faro recargable a paneles solares, alumbra el camino antes de llegar a su comunidad a pesar que sus ojos la reflejaban ya desde que partimos días atrás. Llegábamos para hacer una base para proseguir a la boca del Guacamayo a 2 días de distancia de la comunidad. El camino plagado de campamentos ilegales de madera no nos sorprende esta vez.
La imagen del caimán con sus paseos nocturnos y el sabor de la carne del shintori (ave de monte) cuyo aroma aún ulula en mi sueño desparecen al mismo tiempo que me veo atraído por el relato de las vivencias de mi amigo Ashéninka Edwin. Lo recurrente fueron historias de amenazas de muerte por parte de los “blanqueadores de guías”.
- ¡Porque el día que yo reciba dinero… habré muerto para mi gente!- exclama.
Su comunidad, otra de las de escuelas abandonadas se pregunta sobre sus hijos mientras los días pasan en Alto Tamaya. La caza a veces es buena, la atarraja en la quebrada aún los abastece de pescado. Al intentar echarla al río por mi propia cuenta mientras me indica don Manuel como hacerlo, respiro el olor del agua dulce. Con un extremo de la red entre mis dientes, en mi boca se maridan el sabor del pescado crudo y de los hilos remendados. Con el otro extremo de la red, sobre mi hombro, y las pesas que serán de 40 kilos, trato de lanzarla hacia el fondo del río desde la proa de la lancha que avanzaba impulsada, lentamente, por la tangana (largo palo que toca el fondo) para no espantar a los peces, contra corriente. Y mientras caigo, al mismo tiempo que escupo algo del agua tragada y me libero de parte de la atarraja entre risas, me convenzo de que la vida en la selva no es tan fácil.
Aprendí de don Manuel otras cosas como saber reconocer los piri piris (ivenki) en el monte. La raíz de estas plantas son de gran poder y usadas unas para aliviar el dolor, otras para curar el mal, y algunas de las más buscadas para hechizar a alguna “ñaña” según la creencia. El compartir diario, la rueda del pajo de masato infaltable entre las comunidades amazónicas y la conversación con los miembros de la comunidad nos hacen pensar en Ucayali, lotizado completamente para las empresas petroleras y madereras, como tierra de indígenas que no olvidan el manejo de sus propios recursos y el dominio sobre su territorios. Estas aguas mantenidas puras son un derecho a la vida para este hábitat, que aunque parezca extenso para el citadino, constituyen al ser indígena y a su mundo.